Agricultura


Pica y entra


Maqueta de carro del país

       El modo de vivir ha cambiado tanto en nuestro Valle durante las últimas décadas que probablemente a los jóvenes de hoy les parecerá asombroso, conocer como se vivía hace solo 50 años. A continuación, hacemos una breve descripción de la forma de vida en aquellos años.

      En la época en que la agricultura estaba más desarrollada, nuestros antepasados con unos medios mínimos, debían de acopiar durante el buen tiempo la energía suficiente en forma de leña, hierba, grano, hoja... para abastecer la casa y subsistir durante los largos meses en que la nieve cubría las tierras del valle.

La época de buen tiempo se aprovechaba para sembrar, arreglar los prados y cosechar. Probablemente, esta última, la época de la cosecha sea la más representativa.

La hierba  Las machas  La hoja  Las treitas  Las patatas 




























Prados de Mumean

      La temporada de la hierba comenzaba con los prados de secano, (hierba Sanjuaniega), ya que se recogía en los últimos días de Junio, San Juan, y finalizaba con los de regadío en los primeros días de agosto. Todo lo digo en tiempo pasado, ya que actualmente con los medios modernos, todo es tan rápido como impersonal.

      La cosecha de la hierba, es a la vez la tarea más dura de los lacianiegos y a la vez la más emblemática. Se podrían escribir muchas páginas acerca de la hierba, pero nos limitaremos a dar unas pinceladas para su descripción. Después de abonar los prados en primavera, se comienza la temporada de pañar la hierba.

      Se comienzaba por la siega, que cuando no había suficiente mano de obra en las casas, se tenía que recurrir a la contratación de segadores asturianos, dado que por Asturias la cosecha es anterior. Posteriormente en el prado las labores de recolección se pueden dividir en los siguientes pasos: (Repito que todo ello lo narro para los nostálgicos, según los antiguos procedimientos)

       -Esmaratsar, esparcirla hierba segada para que se seque al sol:

       - Esvulver, dar la vuelta a la hierba para que se seque por el otro lado

       -Pañar, amontonar la hierba para ser cargada en el carro.

       -Cargar, esto último es todo un arte del que se sienten orgullosos los pocos que lo saben hacer. Por último, el transporte hasta el pajar culmina la labor. Solo resta el compactar (encalcar ) el pajar y esperar a que llegue la nieve para administrarla sabiamente a lo largo del invierno.


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Majando una airada

      Terminada la recolección de la hierba, ya mediado el mes de agosto, se comienza por la siega de trigo y centeno, únicos cereales que se producían en Laciana. Al igual que con la hierba, si la mano de obra era escasa se contrataba a segadores, para esta labor, bercianos.

      Una vez recolectado el cereal se machaba mediante los menales o mayales tal y como se hacía en el s.XI, como acredita un fresco de S.Isidoro en León. En la decada de los 60 se comenzo a extraer el grano mediante primitivas máquinas. Menales

      El rudimentario menal, se componía de dos palos, el más corto de avellano y llamado manueca era por el que se empuñaba el útil, y el otro palo más grueso y algo más largo, era el llamado piertigu, de acebo o roble, era el utilizado para golpear la mies previamente extendida en el suelo.

      Una vez extraido el grano, se echaba al aire, es decir, se aventaba y finalmente se llevaba al molino para obtener la harina suficiente para el consumo de pan de la casa en el año. Naturalmente no todo se muele, hay que dar su ración de grano para a los animales,


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Camino de los molinos en S. Miguel.

      La recolección de la hoja, (la fuetsa como decimos en Laciana) era una más de las labores cíclicas de los pueblos del valle. Los árboles que se podan para conseguirla, son principalmente el roble, tanto albar como morisco o rebotsu, chopo, abedul y pláganu.

      Otro tipo de hojas que se recolectan son las de fresno y de capudre –serval de los cazadores-, aunque la hoja de estos últimos se utiliza para dar de comer sobre todo a los terneros .

      A últimos de agosto se comienza a podar todos los árboles que hay en el pueblo. No sólo en el monte; cualquier árbol que haya en los prados, en sus lindes o en los pascónes, quedan pelados, dejándoles únicamente una mota en la punta para el inicio del brote de primavera. En el caso de la hoja que se corta en el monte, cosa muy frecuente, puede ocurrir que esté en un lugar de difícil acceso para los carros, en cuyo caso se recurre a arrastrar los feixes después de haberlos colocado sobre un buen piorno –piorno solaniegu– a modo de trineo, ––esto se llama entreitar la fuetsa–, o bien se forma un rudichón, esto es un gran paquete bien atado con sogas para poder echarlo a rodar monte abajo hasta donde pueda llegar, lugar que casi siempre es más ventajoso para cargar que su lugar primitivo de corte.

      Los feixes se atan con un vilorto de escoba, pudiendo recogerse una media de setenta docenas de ellos. Para hacerse una idea, cada carro puede cargar aproximadamente siete docenas, de manera que en la temporada se pueden reciger diez carros de hoja para alimentar a cuatro o cinco cabras.

      Naturalmente, este trabajo que viene a hacerse en algo más de una semana, tiene sus especialistas. Las mujeres ibianas, –procedentes de San Antolín de Ibias–, eran unas excelentes especialistas en la poda, sobre todo de roble morisco, de forma arbustiva. Hay que tener en cuenta de que con faldas no pueden trepar a los árboles, pues se les verían sus prendas intimas, de manera que la poda está condicionada. Lógicamente hacían unos feixes algo más pequeños, pero suplen su desventaja con una gran rapidez en la poda. Esta variedad de roble, se da en la parte de Sevil y Meneza casi exclusivamente.

      Nada más llegar el carro a las casas, los feixes se colocan apoyados derechos en las fachadas de la casa y paredes del corral para que se sequen, dándoles al día siguiente la vuelta, para que el sol los oree por el otro lado..

      Una vez secados, se procede a su almacenamiento en la parte alta del pajar, colocándolos verticales. Al ser la última cosecha para guardar en el pajar, –recordemos que anteriormente se ha guardado la hierba y la paja– puede ocurrir que ya no haya espacio material para que quepa, pero... hay que guardarla, de forma que si esto no es posible, no hay más remedio que almacenarla en la parte abuhardillada de las casas, –las piergolas – con lo que supone de suciedad cada vez que se meten o se sacan, pero todo se da por bien empleado si al final la casa está bien repleta cuando llegue la nieve.

      La labor de recogida, tiene dos utilidades. Una vez pelada la hoja, los palos de los feixes, se utilizan como leña, especialmente para la cocina. Una etapa más que se cumple para poder ser autosuficientes durante todo el invierno


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(fragmento del libro "Cuando llegue la nieve" de Manuel Gancedo)
Piornos en La Argaxada.

      La hierba, las majas, la hoja... Falta la leña para pasar el largo invierno lacianiego. Las lluvias de otoño empezaron a hacer su aparición anunciándolo. Estamos en los últimos días de septiembre. Es el tiempo de recoger las treitas.

      Ya los rapaces de casa en primavera, cuando los helechos comenzaban a desenroscar sus brotes, habían ojeado por la Vuelta de la Pruida, una parte del monte con piornos de tres o cuatro metros de altura, así que allí se habían dirigido Tomás y Vicente para cortarlos y entreitarlus, antes de que en el mes de junio les saliera la flor.

      El transporte de los piornos hasta la casa, no resulta fácil. Entre varias casas se han puesto de acuerdo y en facendera se han arreglado los treitoirus. Estos se forman desbrozando el monte hasta formar un camino siguiendo la línea de máxima pendiente, de manera que las treitas se puedan arrastrar con relativa facilidad hasta el punto de carga en el carro. Hay que rozar las escobas y demás maleza que impidan el paso. Los treitoirus, cumplen el cometido de las pistas forestales para extracción. Cada vez se prolongan más y más hacia arriba a medida que los piornos escasean en las partes bajas del monte, esquilmadas en años anteriores.

      Una vez construidos los treitoirus, se comienza el corte de los piornos. Es un trabajo bastante duro y para ello se emplea el azadón. Se escarba bien en su base hasta dejar al descubierto su cepellón para cortarlo. Ya en el suelo, se escogen los mayores para formar la cama sobre la que se irán colocando los restantes hasta formar la treita. Como base de la treita, se escoge el solaniegu, un piorno grande y que sea de forma algo curvada, para que el arrastre sea más fácil, quedando el cepellón a modo de quilla con el inicio de la raíz hacia arriba, colocando los restantes con su curvatura en sentido contrario.

      Los piornos solaniegus no solo se utilizan para la formación de treitas; también se usan para el acarreo de los feixes de hoja en pleno monte, para transportar algunos troncos que se hayan cortado en un lugar inaccesible o para el transporte de la hierba en los prados de la braña si el carro no puede llegar hasta ellos, por ejemplo para bajar la hierba desde Buenverde a La Tseburnial en las brañas de Villager.

      La treita está formada; solo queda arrastrarla con la pareja mediante una cadena atada al arcoxiu de fierru del medianu . Allí, en la parte más baja del monte, quedará acopiada hasta la llegada del otoño. Al final hay tantas y de tantas casas, que sus propietarios tienen que marcarlas con una contraseña, consistente generalmente en unas muescas bien visibles en su parte delantera, para que después de pasados unos meses, cada uno sepa cuál es la suya.

      Tomás tiene este año las treitas cerca de la Fuente del Encarradoiru; es un sitio donde hay una rodera próxima y el camino hasta la casa es bastante bueno. Ha habido años en que se ha llegado hasta Buenverde para cortarlas y por el contrario, incluso en La Argaxiada se ha llegado a cargarlas pero los piornos están por allí demasiado rebuscados.

      El carro sale de casa para su acarreo. La llegada de los primeros piornos al corral parece ser la señal de que el verano se ha acabado. Las cigüeñas abandonaron ya sus nidos y las golondrinas se reúnen alineadas en los cables de la luz para emprender su largo viaje anual. El primer carro de leña traerá, además, escobas, cudoxius y probablemente largas varas de avellano para los fréjoles del próximo año.

      El tsiñeiru es emblemático en Laciana. Al final de la temporada, ya está casi vacío de leña. Este consiste en un armazón formado por uno o dos troncos con forma de horquilla hincados en el suelo. Sobre ellos, otros algo más delgados apoyados en la horquilla y su otro extremo casi siempre en la pared del corral. Otro más, apoyado transversalmente sobre éstos dos últimos completa la sencilla construcción a modo de cobertizo, sobre la que se descargarán los piornos, que quedan separados del suelo lo suficiente para el paso de una persona y algo inclinados para que no cale el agua de lluvia. Bajo el tsiñeiru, se sitúa el montón del cuitu.

      Los piornos recién traídos, con sus cepellones a veces cubiertos de musgo, dan al corral un aspecto acogedor totalmente diferente al del verano.

      Lugar preferido por los gorriones durante el invierno, allí está su punto de reunión, pues no puede haber un lugar con más ventajas: están a cubierto, calientes -dentro de unos límites-, resguardados del viento y con comida suficiente, es frecuente ver unos revoltosos gurriones picoteando con algarabía el cuitu.

      No toda la leña cabe sobre el tsiñeiru. La demasía, se va troceando y apilando por tamaños en espera de su uso. La más gorda para cocer el caldeiru de lus gochus, otra para la cocina, los trochus para prender el tsume... La leña ya cortada se guarda en cualquier rincón a cubierto para que esté bien seca y prenda mejor. Hasta en el interior de las casas hay veces que se forma un ordenado montón que naturalmente es el primero en ser consumido. Incluso en la piergula se suele guardar, a pesar del peligro de incendio que esto supone.


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"En habiendu patacas, nun hay que asustase"

Mi abuelo Manolo -El Cazador-.

       En Laciana nada es gratuito, Los trabajos siempre son duros y todos tienen una finalidad: el conseguir que la casa esté todo el año bien abastecida. Las patatas, puntal de la dieta lacianiega no son una excepción. Todo lacianiego tiene como propio aquello de “En habiendu patacas, nun hay que asustase”.

       Así como para el trigo o centeno, las labores de siembra y recolección son simples, por el contrario para las patatas el laboreo es mucho más trabajoso.Las tierras que se utilizan para la siembra son las antiguas tsinares, alternando el cultivo anualmente con la siembra del serondo y trigo, con lo que aproximadamente la mitad de su superficie de las tierras, se dedica al laboreo de este tubérculo. Arado

       Ya en los primeros días de abril se comienza la preparación del terreno. Primeramente, se comienza por estrecar . Poco después, se atsebanta, es decir, se ara la tierra para enterrar el abono y por último se pasa la grada —agradar—.

       Una vez preparada, aireada y alisada cuidadosamente la tierra, se comienza la siembra. Esto ocurre como antes decíamos entre los meses de marzo o abril si el tiempo lo permite, pero si ha llovido sin parar, la siembra se puede prolongar incluso hasta junio.

       Las patatas para la siembra tienen que estar gritsadas . Posteriormente se trocean, cuidando de que en cada trozo al menos haya un par de gritsus. Estos trozos se colocan en un cesto de costillas para llevarlos a la tierra y comenzar la siembra. Pasados veinte días desde la siembra, ya han brotado distinguiéndose perfectamente las líneas de los nuevos brotes. Ha llegado el tiempo de darles una picadura con picaxiu con el fin de romper la costra que se ha formado con las últimas lluvias. De esa forma, las raíces de las nuevas plantas respirarán, y a su vez, de nuevo se quitará el satsu.

       Cuando las plantas de patata tienen un palmo de altura, se comenzaron a arrendar, arimando la tierra que salía al arar a la planta. Para esta labor, es necesario poner a la pareja unos bozos de tela metálica con el fin de que las vacas no se coman las ramas brotadas. Para este trabajo, se empleaba un xiugu especial más corto, para que se ajuste la separación entre las vacas a la separación entre surcos. Igualmente se usa el medianu, correa de cuero con una argotsa o anilla en su extremo para que el arado esté más próximo a una u otra vaca. Si una de las vacas es más poderosa y como consecuencia tira más, este medianu se desplaza hacia su lado, de forma que el tiro queda equilibrado.

       Todo podría haber quedado ahí y esperar pacientemente la recogida de la cosecha, pero a partir de la segunda guerra mundial, llegó la plaga conocida por “la bestia americana” es decir, el escarabajo de la patata, capaz de destrozar las ramas en poco tiempo. Esta temida plaga, vino importada de los campos alemanes que durante esa guerra según dicen, fueron bombardeados por los Aliados desde el aire con estos escarabajos. ¡Qué gran idea!... Lo que sí es seguro es que antes del conflicto mundial, esta plaga era totalmente desconocida en nuestro valle. No hay más remedio que tratar químicamente a las patatas: hay que sulfatar con Dicloro-difeníl-dicloro-dimetíl-metano, cuyo nombre comercial es Gesaról. Cuando se trata la plaga en el valle, la gente dice: “voy a solfatar”. Por razones obvias, no se usa semejante trabalenguas y al producto se le conoce simplemente por “solfato”, con lo que todo el mundo se entiende a la perfección.

       Por fin, con el otoño llega el momento de sacar las patatas. En septiembre ya se sacan las primeras, que son para echárselas a los gochus, comenzando el cebado para el samartinu, pero en el mes en que normalmente se recoge la cosecha, es octubre. Es conveniente antes de recogerlas, el arrancar las ramas —otro trabajo más añadido—, con el fin de que se facilite la aradura. ¡Para que luego digan que son caras...!. Se termina la labor con una segunda rebusca, que siempre da como resultado el recoger algún cesto de ellas que compensa el trabajo empleado.

       Raro es el año que la climatología ayuda. La frase que un año y otro se repite en el pueblo, siempre es la misma: en primavera: —¡Oh Virgen! Cun este tiempu, nun sei cuandu vamus a semar las patacas... — Por el contrario si es otoño, —como es normal algo lluvioso— se oye: —Home... este anu, nun sacamus las patacas, you nun soy acurdau d’outru anu por l’estilu. El interlocutor invariablemente contestaba: —¿Tu viste outra cousa igual...?

       Y en realidad es así. Para todas las labores, se precisa que la tierra tenga un grado de humedad adecuado para que el arado y la grada cumplan su función correctamente. Indiscutiblemente el papel mas releído en época de patatas es El Zaragozano.


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