Arquitectura



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RELATOS DE PIORNO
-ROMANCE A LA MUERTE DE UN MINERO -FÁBULA SIN NOMBRE.
- NAVIDADES DE EN-SUEÑO - HEROES DE LA OSCURIDAD Y DEL SILENCIO
- ATARDECER EN VILLAGER LA ROSA.
- MENSAJE REBELDE.
RELATOS DE NANO35
CARTA ENTRE HERMANOS LUCHA DE TOROS
MI ABUELA EN OTOÑO









































MÁS RELATOS .













CARTA ENTRE HERMANOS






Carta del Alerce de Vegapujín a su hermano el Abeto de Villager.

       Hermano Abeto de Villager,

      Te quiero comentar querido hermano, que en estos primeros días de Agosto, están ocurriendo cosas singulares en mi entorno, que no acabo de comprender.

      Hoy, muy de mañana, cuando los primeros rayos de sol acariciaban las mas tiernas hojas de mi copa, siento unas manos amigas que con suma delicadeza me liberaban poco a poco, de esos constantes dolores producidos por esa yedra enemiga.

      Si hermano amigo, esas manos me son bien conocidas, ya en otras ocasiones hace muchos anillos, arrancó con suma delicadeza la maligna raíz como lo ha hecho hoy. Cuando cedieron los tirones y noté como esas manos se deslizaban suavemente acariciando mi dolorida corteza, cedió también toda presión en mi tronco, y mi savia fluía libre y sin trabas hasta lo mas alto de mi ser.

      Fueron sensaciones de bienestar saber, que hay quien se preocupa y cuida de nosotros, nos respeta y quiere, y no nos maltrata o hace desaparecer, como le ocurrió hace ya muchos años a mi hermano gemelo, que un día desapareció y me dejo en la mas completa soledad.

      Se me fue un hermano y por fortuna, he recuperado otro que crece a los cielos en la casa amiga del Cazador, que le cuida y mima como se merece, en ese hermoso valle de Villager de Laciana.

      Como tú sabes, el rio de la Viliella acaricia mis raíces con sus recuperadas cristalinas aguas, y mi sombra tendida en su lecho, ha descubierto, que donde hace años no quedaba vestigio de vida, ¡oh milagro! despacio y como siempre en silencio, del renovado puente, a diario, dos hermosas truchas de lomo dorado, aparecen a saludar mi imagen.

      Buena señal hermano Abeto, que la Flora, la Fauna y el ser humano, comprendan, que un gran respeto mutuo y una amable convivencia, son condiciones necesarias, para que el futuro de todos sea más llevadero.

      Tengo la sensación hermano mío que ya no estaré solo en esta huerta junto al rio, donde un día, mandó plantar dos jóvenes alerces un Caballero Laureado.

      Te comento, que también la huerta donde mi vida transcurre, ha sido liberada de la maleza que tanto la afeaba, y que un ser humano anda todos los días de aquí para allá, haciendo no se que cosas.

      Con un armonioso movimiento de mis ramas, te envío la más cálida brisa envuelta en los perfumes de este valle, como signo de amor y cariño, del Alerce de Vegapujín, a su hermano el Abeto de


Nano35.


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LUCHA DE TOROS




….y asombrados de tal lucha,
levantaron,
de piedra la cabeza,
los Toros de Guisando.
f.m.b.

En Vegapujín a mediados del Siglo XX

      La testuz de los dos toros se unió en un golpe seco y terrible que nos paralizó el corazón a Pano y a mí, a pesar de que lo esperábamos y fuimos causantes de lo que pudo ser una desgracia. La furia con que se embistieron, era la consecuencia del odio acumulado en el transcurso de todo un año.

      Eran dos hermosos toros adultos, el de Toribio, recortado, plateado y con una cornamenta que le daba un porte de indudable fiereza, destinado a cubrir las “vacas de leche”, es decir aquellas que todos los días salían por la cuesta de la Iglesia camino del pasto de Valdepozo.

      El nuestro, el de Fernando Bardón, algo mayor, de preciosa estampa, serrano y con unas defensas que imponían, había sido elegido por su porte y belleza, para cubrir las vacas de “la pareja”, nobles y esforzados animales, que siendo fuertes y bien domadas, se encargaban de todas las faenas del campo, acarreando hierba, arando, tirando de carros llenos de estiércol en tiempos de sementera por caminos imposibles, acarreando piornos, recogiendo el centeno de las tierras altas, en fin, esforzados animales, que aun conservaban fuerzas para parir, criar sus terneros y ofrecernos por si fuese poco, su deliciosa leche, que mi querida abuela, transformaba en aquella inigualable mantequilla.

      Como se puede apreciar, los dos toros tenían bien definidas sus obligaciones, el de Toribio, marchaba todos los días con las “vacas de leche”, y el nuestro se movía entre el prado al lado de la casa y la cuadra.

      No se veían pero se intuían, y los mugidos al estar por las tardes recluidos en sus cuadras, retumbaban poderosos en la Peñona que los impulsaba valle abajo.

      Un día cualquiera, pero de esos que hacen época, Pano estaba guardando su toro y yo el nuestro, y sin mediar palabra con la irresponsabilidad de los pocos años, dejamos abiertas las cancelas y de una manera lenta, calculando las distancias al milímetro, se fueron acercando los dos toros y a la altura del Pinganito chocaron sus poderosas cornamentas, como relato al comienzo de esta verídica historia.

      A partir de ese momento, lo recuerdo todo como un sueño, las fuerzas desatadas de la Naturaleza estaban reflejadas en aquellos dos colosos delante de mis ojos, se empujaban con fuerza uno contra el otro, ganando y perdiendo terreno según la circunstancia y el desnivel del mismo, acompañado de un bramido sordo y un resoplar violento que me helaba el corazón. Me di cuenta de lo que habíamos provocado, cuando apareció mi abuelo Fernando, que con su voz de barítono atronó el espacio gritando, ¡separarme esos toros! Y allí estaba, como no, mi tío Manolo, que después de fulminarme con su mirada, la emprendió a golpes con una ijada a los dos luchadores. Todo era inútil, les arrojaron cubos de agua y ellos cada vez luchando con mas denuedo, hasta tal punto, que las pezuñas de su patas delanteras apenas rozaban el suelo, y sus cuerpos formaban un arco tenso que comenzaba en las patas traseras afianzadas en el camino, pasando por sus cervices combadas por el esfuerzo.

      Desde el Pinganito, luchando denodadamente, dejaron atrás la “Casa del Cura”,y se encaminaron calle abajo por delante de nuestro postigo, para doblar hacia el rio. Delante de las puertas de nuestro corral, pensamos poder separarles, pero fue imposible, con más rabia si cabe, trataban de derribarse o arrinconarse para conseguir la victoria, que después de media hora, aun no se intuía el final dadas las fuerzas tan igualadas.

      Nada mas llegar a la altura del hoy famoso alerce, se adentraron con furia denodada en el rio como si presintieran el final y aquí el espectáculo fue épico, el agua lo cubría todo salpicando el espacio convertido en una nube, donde las redondas piedra del rio salían despedidas de sus pezuñas como arrojadas por una honda. ¡Qué espectáculo Dios mío!

      En un último esfuerzo nuestro toro, sacó a su oponente del rio, y por primera vez pudo arrinconarlo contra la pared del huerto de Maruja, quedando a su merced.

      La rápida acción de mi tío y las pocas fuerzas que le quedaban al toro, evitaron la tragedia, ya que el cuerno izquierdo quedó peligrosamente apoyado en el costado del vencido.

      Los toros fueron llevados a sus respectivas cuadras, y yo me encaminé a nuestra casa con el ánimo encogido esperando lo peor. Nadie me dijo nada, mi abuelo en la cena no realizó el mínimo comentario, por lo tanto y por respeto se ceno en silencio. Yo no sabia que pasaba, ya que estaba dispuesto a asumir toda la culpa de lo ocurrido, así que me fui a la cama con las imágenes de aquella lucha singular, y un enorme sentido de culpabilidad.

      Al día siguiente, muy temprano, estaba limpiando la cuadra de nuestro toro, cuando se acercó mi abuelo Fernando, y con un timbre de voz que nada se parecía a una regañina me dijo:

      -Anda rapaz, vete al prado, siega un buen cesto de “verde” que “tu” toro bien te lo agradecerá-.

      Con esas para mi, dulces palabras, se selló aun mas si cabe el cariño que mutuamente sentíamos, y que hoy añoro. Fue un hombre justo y por lo tanto bueno mi abuelo Fernando, y que a mi me parecía y aun me parece hoy, que su enjuta figura y su deseo de “desfacer entuertos” semejaba al gran mito de nuestra historia literaria Don Quijote de la Mancha.

      La lucha fue muy comentada, y la leyenda le dio la aureola que estas gestas acompaña, aumentando según el “comentarista” los hechos que de por si fueron tremendos.

      Estando yo en el prado segando “el verde”, del “medio el pueblo” se escucho un magnifico mugido, que desde la Viliella fue contestado prontamente con otro no menos poderoso. Bien, me dije, ellos han sobrevivido, yo tengo las costillas intactas, ¿Qué mas se puede pedir? Ha merecido la pena.

      Nano35

OTROS RELATOS.
















En recuerdo a mi abuela María, mujer de Fernando



      Los rayos solares de aquel caluroso verano, daban frontalmente en la torre de la iglesia del pueblo sin dejar sombras, iluminando totalmente su fachada, señal inequívoca que eran las doce del medio día.

      Una mujer, pequeña de estatura, vestida completamente de negro, encorvada por el peso de los años y dos cestos de comida, iniciaba la ascensión hacia las Chanas, donde dos de sus hijos y un nieto, segaban el centeno, que apoyaría la alimentación de todo un año.

      Esta mujer, que había parido once hijos y sacado nueve adelante, tenía un recorrido de hora y media por cuestas interminables, con un sol de justicia y dos cestas con comida caliente para cuatro personas. Si, este prodigio de tesón y abnegación, era la abuela María, aquella que cuando ordeñaba las vacas le decía a su nieto ofreciéndole la cañada, -toma bebe rapaz, que está caliente-, sin preocuparse por supuesto si había que hervirla antes o no. Su concepto de la equidad, la hacía freír dos huevos para el hijo mayor, porque era el que soportaba el mayor peso de trabajo, y sabía que a nosotros, nos tenía que bastar con uno, no había para más.

      De estos personajes no habla la historia, pero si lo debemos hacer aquellos que conocimos sus hechos, que hoy recordamos como si hubiese sido ayer. Cuando nos llenaba las cazuelas de aquel rico guiso de patatas calentado en un fuego de leña y superpuesto milagrosamente sobre las oscuras trébedes, y ella, con su cazuela llevada en la palma de la mano, salía a darle de comer al gocho, y volver ya comida. No se sentaba ni para ese vital menester, sus interminables faenas domesticas no le daban respiro y aun de pasada, tenía el gesto de acariciarte pasando su trabajada y áspera mano por la cabeza. ¡Que asombro causaba la abuela María! y hoy, en la enorme distancia del tiempo, su recuerdo se agiganta casi como un hecho irreal. Su estirpe fue irrepetible, no sabía leer ni escribir, tuvo un hermano General Laureado, y una hermana que en las largas tardes de invierno, recitaba poesías populares de memoria y aprendidas de oídas. Si abuela María, tu testigo fue recogido por tus nueve hijos, que siguieron fielmente tus enseñanzas, y estos a su vez entregado a tus nietos, que son los que hoy a través mío, en estas entrañables Fiestas Navideñas de amor y recuerdo a los seres queridos, quieren honrar tu memoria.

      Fernando Moreno Bardón


MÁS RELATOS.






















































ROMANCE A LA MUERTE DE UN MINERO.


No eras de raza gitana,
ni Juan Camborio tu gracia ¡negra suerte!,
no estaba allí García Lorca
para cantarle a tu muerte.
No fueron cuatro puñales
los que lograron romperte,
ni en el río Guadalquivir
sonaron voces de muerte.
¡Costero de tez morena!
cual gitano de Albaicín,
segó de un tajo tu tallo
hecho de acero y marfil.
Tu sangre roja, ¡muy roja!,
teñida de polvo negro
se mezclaba con el llanto
de tus cuatro compañeros.
Y en la oscura galería
esparciéndolas el viento,
sangre y lágrimas mezcladas
riegan el polvo sediento.
A hombros de cuatro mineros
descansa tu cuerpo inerte,
y brotando de tu pecho, rojas rosas,
van pregonando tu muerte.
¡Costero de tez morena!
cual gitano de Albaicín,
la muerte batió sus alas
sobre las aguas del Sil

Piorno

OTRO RELATO.























FÁBULA SIN NOMBRE.

      En un frondoso bosque, de un sitio cualquiera, poblado casi únicamente por robustos y majestuosos robles; hete aquí, que el caprichoso e inescrutable destino, quiso que entre tan fornidos ejemplares, creciera una delicada y hermosa acacia azul. Si, siendo Australia su origen, difícil resulta imaginar cómo pudo realizar la semilla tan largo viaje, no menos extraño resulta que, precisamente, su germinación haya sido en un frondoso robledal.

      Con la llegada de la primavera, y con esa maravillosa explosión de vida que se produce en los bosques, empezaron a brotar las hojas y, desde su mas tierna infancia, una hoja de roble y otra de acacia, nacieron y crecieron muy cerca la una de la otra. Con el transcurso de los días, la hoja de roble fue vigorizándose y adoptando un aspecto de galán atlético. Por su parte, la hoja de acacia, aunque pequeña y delicada, adquirió un bello color azulado y una tersura en su piel, que, únicamente, y a duras penas, el terciopelo podría tratar de compararse a ella.

      Poco tardó Cupido en clavar en ambas sus amorosos dardos. Con el bonito lenguaje de las hojas –lenguaje telepático, a través de las vibraciones producidas por el suave y delicado viento del bosque, especialmente en primavera-, pronto empezaron, como cualquier pareja de enamorados, a repetirse lo mucho que se amaban el uno al otro. Las deliciosas tardes, que a la puesta del sol, daban un especial colorido al bosque, elevaban su pasión, al tiempo que les mostraban lo imposible de su amor. Ambos pertenecían a otro árbol, y por mas que lo desearan, jamás podrían acariciarse, ni entrelazar sus manos. Por ello, todo cuanto al principio les parecía romántico y hermoso: el rocío que les salpicaba en las mañanas; el sol, que a medida que el día avanzaba, secaba ese mismo rocío; el brillo de la luna, especialmente en las noches de plenilunio; todo ello perdía el encanto que otrora había tenido, pues su deseo, su gran deseo, era –cosa imposible- poder acariciarse.

      - No es justo –se lamentaba la hoja de acacia- que con lo que nos queremos, ni siquiera se nos permita darnos la mano. ¿Qué podemos hacer?.

      La hoja de roble, triste y taciturna, no sabía que responder –encontrar un respuesta adecuada no era fácil-, pero al fin creyó dar con la única solución posible:

      - Ciertamente –dijo-, nuestra situación es complicada; puesto que cada uno de nosotros pertenece a otro árbol y, por mas que decirlo me duela, nunca de tales ataduras podremos liberarnos, no tenemos otra alternativa mas que esperar al otoño. Para entonces, nuestros amos no tendrán mas remedio que dejarnos marchar y, llegado ese momento, no me cabe duda, podremos estar juntos para siempre.

      La hoja de acacia, que escuchaba ensimismada, suspiró con alivio y empezó a calcular el tiempo que aun faltaba para que tal evento se produjese.

      Como no podía ser de otra forma, finalmente llegó el anhelado otoño. El viento empezó a soplar con fuerza, y las hojas, ya en el ocaso de sus vidas, empezaron a caer de los árboles. Nuestros amigos no habían calculado lo que sin duda sería, para su desdicha, una irremediable tragedia: el mismo viento huracanado que había roto sus cadenas; carente de todo sentimiento, les zarandeó y vapuleó, mezclándoles con infinidad de otras hojas, empujándoles en distintas direcciones, y separando sus vidas para siempre.

      Moraleja:

      Las pequeñas cosas, por mas que a veces nos pasen desapercibidas, componen la esencia misma de la vida; si las obviamos, esperando únicamente fuertes emociones, corremos el riesgo, como nuestros amigos, de malgastar toda una existencia.

      Piorno

Más relatos.


















NAVIDADES DE EN-SUEÑO.


      El aeropuerto de Barajas rebosaba de gentes de lo mas variopinto. Los altavoces, cuya megafonía deja bastante que desear, llamaban a viajeros rezagados, con machacona insistencia. Yo, que iba a subir por primera vez a un avión, miraba con cierta desconfianza el indicador de vuelos, sin saber a ciencia cierta, si lo que deseaba era el anuncio de la salida, o la cancelación del mismo. A medida que se acercaba la hora, empezaba a dudar de que la decisión del viaje hubiese sido una buena idea; mis piernas se resistían a continuar sosteniéndome y, aunque no hacía calor, empecé a sudar. Cuando por megafonía anunciaron la salida del vuelo LH-2540 a los Ángeles (vía Frankfurt), me armé de todo el valor que puede y, como los demás, inicié la marcha hacia el sistema de control.

      En honor a la verdad y, sin pretender en absoluto hacerme el valiente , he de decir, que pasados los minutos del despegue, la cosa no era tan grave como me lo había imaginado. Yo esperaba saltos como los que dan los carros cargados de hierba por el camino de “Sanceo” y, la verdad, aquello era muy tranquilo; además, al poco rato una bella azafata me ofreció un licor –yo la hubiese preguntado por un vermouth como el de la Cantina, pero ya me imaginé que no tendría y, con bastante miedo, la pregunté si tenia algo de Rioja a mano-. Sonrió y, al instante me lo sirvió.

      Mientras saboreaba aquel excelente Rioja –Por cierto, anoté el nombre del vino en un papel para recomendárselo, a mi vuelta, al del “Bar Unión” de Villager, para cuando echemos la partida, ¡que diferencia con el que allí nos sirven!-, se iluminó mi rostro recordando la cara que puso el director del Banco, cuando le planté, sin previo aviso, encima de su mesa de despacho, los tres décimos de la lotería de Navidad premiados con el Gordo. Abrió los ojos de par en par y creí que me iba a dar un beso. -Sr. Piorno, póngase cómodo, está Ud. en su casa ¿qué le apetece, café, licor? ¿fuma Ud. Sr. Piorno? ¿necesita Ud. dinero?- ¡Que curioso! Aun no hace seis meses que le pedí un préstamo de 6.000,00 € para arreglar el tejado del pajar, y todo eran pegas:

      -“Verá Ud., sin una nómina, ni avales, va a ser difícil. Tal vez debería buscar un avalista. Las vacas no son un bien estable. Déjeme estudiarlo...”-

      Aun estoy esperando el resultado del tal estudio. ¡Hay que ver que cambio dio ese hombre en tan poco tiempo!. –Acabo de recordar que, tal vez por la emoción, o porque estoy en las nubes, nunca mejor dicho, Aun no he llamado a mi amigo Carlos, para darle las gracias por los decimos que me envió desde Vic-.

      No se si fue la satisfacción de contemplar en mi mente el rostro de aquel hombre; o el segundo vaso de Rioja; o tal vez la altura –probablemente un poco de cada cosa-, lo cierto es que sin darme cuenta me sumergí en los brazos de Morfeo.

      Me despertó la voz del comandante por megafonía: “Sres. pasajeros, en este momento estamos sobrevolando la península del Labrador”. Abrí los ojos. El sol golpeaba con tal fuerza sobre el cristal de la ventana del avión, que daba la impresión de querer romperlo. Miré hacia abajo y contemplé un espectáculo impresionante: Un inmenso mar de nieve, blanca, inmaculada. Todo cuanto la vista podía alcanzar eran montes y planicies nevadas. De pronto descubrí una pareja de enormes osos blancos a los que seguían dos oseznos. Marchaban en fila india, lentamente, majestuosamente. ¡Que maravilla! ¡Que pequeño e insignificante me sentí! Pensé: ¿me creerá Manolo Josefón, cuando se lo cuente?.

      A medida que nos acercábamos a Los Ángeles, mi nerviosismo sufría un aumento progresivo, equivalente a los minutos que restaban de viaje. Visto lo que había en Barajas, qué no habría en este aeropuerto. La agencia me dijo que una azafata me estaría esperando, pero ¿cómo me encontraría si nunca nos habíamos visto? ¿Y si no había nadie, que podría hacer yo?. Pensaba con tal insistencia en todas esas incógnitas, que ni siquiera me di cuenta que el avión estaba parado, que ya habíamos aterrizado. Mientras esperaba el equipaje, empecé a notar el mismo sudor frío que había experimentado en Barajas, pero ahora por distintos motivos. Ya me veía deambulando por Los Ángeles, cuando de pronto vi una señorita que portaba un cartel en el que se podía leer en grandes letras: “Mr. Piorno”. Sin duda ese era yo. Entonces me fijé por vez primera en la azafata que portaba el cartel. ¡Madre mía!. Yo esperaba algo así como la señorita Rottenmeyer del cuento de Heidi, pero aquello desde luego era algo muy distinto. ¡Que “protuberancias” detrás del cartel! Por un momento creí que era la de “Los vigilantes de la playa”. ¿Por qué no me habrá tocado la lotería hace unos cuantos años?, pensé. Como gusta decir mi amigo Manolo Josefón: “Hay que ver que tabaco se vende ahora que yo no fumo”. Como vio que la observaba con detenimiento, se acercó a mi y, con un español rarillo, pero que se entendía, me inquirió:

      - ¿Es Ud. el Sr. Piorno?

      Asentí con la cabeza- no era capaz de articular palabra. Continuó:

      - Mi nombre es Mary Rose. Seré su azafata para todo el tiempo que permanezca en Estados Unidos. Sígame; recogeremos su equipaje y le llevaré al Hotel”.

      Después de tragar saliva varias veces conseguí articular algunos vocablos:

      - ¿A que Hotel vamos, yo no he reservado ninguno?

      - No se preocupe, todo está bajo control.

      - Si hija si, ¡todo muy americano!, pensé.

      Subimos el equipaje a uno de esos carritos del aeropuerto y nos encaminamos hacia la salida. Aparcado en “llegadas”, se encontraba un enorme y precioso Studebaker, cuyo chófer, al vernos llegar, se apresuró a introducir el equipaje en el maletero y abrir las puertas traseras del vehículo, indicando con un ademán, que entrásemos en el. No sin cierto recelo, subí al coche. Por mi cerebro transitaban ideas un tanto raras. Todo aquello me producía cierta inquietud. Arrancó el vehículo y pregunté a mi azafata:

      - ¿A dónde vamos?

      - Al Beberly Hills Hotel, en la ciudad del mismo nombre” respondió.

      Como viera que yo fruncía el entrecejo, trató de tranquilizarme:

      - Es un hotel muy bueno que está en el Sunset Boulevard; una de las mejores zonas de la Ciudad. Ya verá como le gusta. Allí van muchas artistas, chicas muy guapas y muy con mucho glamour.

      Casi como para mi mismo, susurré:

      - Si, ¡ahora que yo no puedo fumar!

      Dio un respingo con la cabeza y con solemnidad me dijo:

      - Aquí está prohibido fumar.

      - Si, ya lo se, para mi está prohibido fumar, aquí y en Sebastopol.

      - Y ¿Por que tiene que ir a Sebastopol para fumar?

      - Mira, Mary Rose, vamos a dejar el tema o cabaremos por enredarlo.

      El Hotel Beberly Hills, irradia lujo por los cuatro costados. Su fachada de estilo románico es esplendorosa. La suite es majestuosa: Paredes pintadas en color crema pálido; muebles de maderas nobles; alfombras que se hunden a tu paso, cual si quisieran rendir pleitesía; espejos enmarcados en oro; butacas tapizadas en el mismo color de las paredes y, la cama, ¡que cama!, rodeada de un tul pendiendo de barras doradas, que rodean toda la cama.

      Después de asearme y vestirme adecuadamente, bajé al “Dining Room” (Salón para cenar), concretamente al “The Polo Lounge” –Hay varios salones para cenar en el Hotel-, donde me esperaba, vestida con un elegante traje de noche, Mary Rose.

      Este salón tiene unos ventanales que dan a un jardín interior. Los manteles y las pantallas de las lámparas de mesa, lucen un color rosa pálido, haciendo juego con el color del techo. Los sillones –a eso no se le puede llamar sillas- son de maderas nobles, tapizados en color gris perla. De ese mismo color son las barras que, desde el techo al suelo, separa las mesas, produciendo un efecto de intimidad y encanto. Una música suave y, con perfecta acústica, completaban el encanto y la intimidad.

      Al poco, paró la música, se descorrió una cortina –yo había creído que se trataba de un ventanal cerrado- y apareció, interpretando la canción “Navidad”, una pequeña orquesta, compuesta por: Piano, violín, Saxo y Batería. Aquella canción, magistralmente interpretada, me recordó que era Nochebuena y, sin poder evitarlo, recordé a Manolo Josefón, que estaría cenando con los “suyos”.

      La gente comía y reía con alegría. Mary Rose, me indicaba discretamente, este o aquel actor, esta o aquella actriz. Yo ponía cara de interesarme, pero la realidad es que no conocía a ninguno.

      De pronto, el violinista empezó a recorrer el salón, parándose unos segundos delante de cada mesa, mientras interpretaba las “Czardas de Monty”, de forma magistral.

      No trasnochamos demasiado. Al día siguiente nos esperaban los 480 kilómetros que separan Beberly Hills de Las Vegas.

      El viaje a Las Vegas, a bordo del Studebaker, fue tranquilo. Salimos después de comer y haber estado por la mañana escuchando un concierto que la Orquesta Sinfónica de Cipréss, ofreció en el Auditorio. La autopista que conduce a Las Vegas, tiene cuatro carriles por cada lado y es una línea recta a través, en un buen trecho, del desierto de Nevada. La vista se pierde en el infinito y, la autopista se va estrechando hasta convertirse en un punto que se adentra en un lago. Un lago que siempre está al fondo, a lo lejos, pero que nunca llega, porque, en realidad, es un espejismo. No existe tal lago.

      Unos cuantos kilómetros antes de llegar a Las vegas, ya anochecido, se ve en la distancia una bola de fuego enorme, algo así como si el Sol se hubiese posado en la tierra. Parece un fuego redondo, enorme, incandescente.

      - ¿Qué es aquello? pregunté a Mary Rose, que viajaba a mi lado.

      - La Ciudad de Las Vegas, me respondió. Es tal la iluminación que esa Ciudad tiene, que en la distancia, de noche, produce ese efecto.

      Si el Hotel de Bebery Hills, me había parecido espléndido, el “Caesars Palace de Las Vegas, me dejó varios instantes con la boca abierta. Puede que no tenga el señorío del Beberly Hills, pero es majestuoso. Su blanca y enorme fachada, semeja un Partenón americano. En su interior hay enormes jardines con altísimas palmeras. Se diría que no es un Hotel, sino una ciudad.

      Mi estancia en Las Vegas, tenía dos objetivos principales: Sobrevolar en avioneta el Cañón del Colorado –Los americanos lo llaman The Grand Canyon- y, en segundo lugar, celebrar la llegada del Año 2006 contemplando uno de esos espectáculos que ofrecen los americanos en sus casinos de Las Vegas y, por supuesto, tentar a la suerte en la ruleta.

      En la mañana del día 30 nos dirigimos al pequeño aeropuerto turístico de Las Vegas y, a bordo de una pequeña avioneta, iniciamos lo que sería, el espectáculo visual-panorámico mas extraordinario de mi vida –dudo mucho que jamás vuelva a ver algo semejante-. El cañón empieza –o termina, según como se vea- a pocos minutos de vuelo de Las Vegas, para ir adentrándose en territorio de Arizona. La avioneta se adentraba entre las paredes del cañón y, contemplando aquellas indescriptibles gargantas y desfiladeros con paredes altísimas, yo me sentía, como debe sentirse un águila en las alturas, y mis pensamientos volaban hacia aquellos americanos que lo recorrieron, dejando muchos de ellos sus vidas, para ir en busca del oro de California. Mary Rose, iba relatándome, como mejor podía, lo que íbamos viendo y, cada vez que la avioneta se giraba hacia un lado, posaba sus preciosas “protuberancias” sobre mi hombro. ¡Que pena, que yo ya no fumo!. Después de recorrer todo el cañón –al menos, eso me dijo Mary Rose-, volvimos al “Caesers Palaces”, donde mentalmente, yo me preparaba para la gran noche.

      Alrededor de las ocho de la noche del día de Nochevieja, cuando estaba terminando de acicalarme, sonó el teléfono. Era Mary Rose, que con su cálida voz me decia:

      - Señor Piorno, estoy en el Hall Principal. Debería Ud. bajar, porque la cena en el salón de espectáculos, empieza en quince minutos.

      Me dispuse a salir de la habitación. Al cruzar por delante de un espejo, a punto estuve de saludar a la imagen que en el se reflejaba. Salté hacia atrás como su tuviese muelles en los pies. ¿Será posible? No me había reconocido. Vestido con un elegante Frac negro y con pajarita azul clarito. ¡Que diferencia del Piorno del pantalón de mahón! Volví a mirarme y, hasta creo que me gusté. El peluquero del Hotel había hecho maravillas con mis, normalmente, revolucionados cabaellos blancos y, que diantre, aquel pelo blanco y aquel peinado, hacían buen contraste con el Frac negro. Cuando llegué al Hall, Mary Rose, se quedó mirándome fijamente, posó sus manos sobre mis hombros, me dio un beso en la mejilla y me dijo:

      - Señor Piorno, está Ud. encantador. Hoy debería Ud. poder fumar.

      Noté como se arrebolaban mis mejillas. Aquella americanita, que yo creía ingenua y que no había entendido las expresiones de Manolo Josefón, sobre lo de “el tabaco que se vende ahora que yo no fumo”, contemplando su pícara y deliciosa sonrisa, me di cuenta que el ingenuo era yo. La miré fijamente y pensé: vamos a cenar y después de la uvas ¡quien sabe! por ser las fechas que son, hasta podría producirse un milagro. Con la cena, por cierto, excelente, me olvidé de todo aquello. Después de tomar las doce uvas y, depuse de los consabidos, abrazos, besos y deseos de prosperidad para el Nuevo Año, en el centro del salón, como por arte magia, emergió una plataforma redonda y, sobre ella, ataviada con un bonito vestido azul claro, apareció Celine Dion, interpretando una sensual y bonita canción.Poco después, nos dirigimos a una de las salas de juego del casino que hay en el Hotel. Con una copa de Champagne en la mano, -muy americano, por cierto-, nos dirigimos a una de las mesas de ruleta. Cambié unos miles de dólares en fichas y sin pensármelo dos veces, deposité un montón de ellas sobre el número catorce. Cuando empezó la bola a girar, me volví hacia mi acompañante y, mientras contemplaba su gran belleza, vi como empezaba a abrir desmesuradamente sus bonitos ojos, me giré hacia la ruleta y, antes de que el croupier dijera nada, vi como la bolita se había detenido en el número 14. entonces el croupier con voz metálica sin ningún timbre emocional, dijo:

      - “El 14 par y rojo”

      Di un beso de alegría a mi acompañante y cuando me disponía a recoger el enorme montón de fichas que el croupier había almacenado sobre el número 14, de pronto, el potente bramido de “Romero” en la corte, me hizo sentarme, como elevado por un resorte, sobre la cama. Miré el reloj. ¡Santo Cielo! Las once y media y yo sin cebar las vacas. ¡Que manera de empezar el año!. A medio vestir, bajé las escaleras que dan al corral, de dos en dos y, aun resonaba en mi cabeza: “El 14 par y rojo”. Pipo salió a mi encuentro y en sus ojos leí algo que no me gustó. Creo que me reprochaba haberme olvidado de lo mas importante: No había felicitado el Nuevo Año a mis amigos del Foro, ni el cumpleaños al Administrador. Os pido a todos perdón y os deseo para el Nuevo Año: Salud, bienestar y Felicidad.

      Piorno

Más relatos.



















HÉROES DE LA OSCURIDAD Y DEL SILENCIO.



      Quedó atrás la Feriona, y con su paso, se fue su alegre bullicio y, también, el olor a pulpo cocido, a cebollas del Bierzo, a sillas de montar -de Salamanca- y a navajas de Taramundi.

      El pueblo, sus prados y su monte, se incrustaron de lleno en el otoño. Las hojas de los chopos, por ese milagro de la naturaleza, se tornaron, como sucede cada año, desde que el mundo es mundo, color amarillo y ocre; mezcla de colores que, en contraste con el verde de los prados, realza el paisaje y atrae hacia si, la mayor parte de las miradas que buscan, a través de la belleza, abrir puertas al espíritu. Como casi todo en esta vida, pronto -consecuencia de ese mismo fenómeno natural-, se desvanecerá esa imagen, cuando las hojas, inexorablemente, abandonen su árbol, y en su caída, confeccionen una colorida y suave alfombra sobre prados y caminos. Atrás quedó ya el día de Todos los Santos, con el silencioso peregrinar, por la tarde, de vuelta a casa desde los cementerios, llevando en el recuerdo la imagen de seres queridos que, no siempre, por ese natural fenómeno, han abandonado su árbol –las familias de los mineros, de eso, saben, quizá demasiado-.

      El brillo del rocío, que al romper la mañana, desprenden los prados helados, cuando sobre ellos se posan, tímidamente, los primeros rayos de sol, un año más, parece querer recordarme que está próxima la fiesta de Santa Bárbara. ¡No sé... ¡ quizá lo de fiesta –al menos para mí- no sea un término del todo adecuado; diría más bien, conmemoración. Fiesta es algo alegre y, este día, para mí, tiene mucho de entrañable, pero muy poco de alegre.

      ¡Santa Bárbara! ¡Cuántos recuerdos vienen a mi mente! Esta celebración tiene para mí –supongo que también para otros muchos- un significado especial. Sin pretenderlo –tampoco trato de evitarlo-, me llegan recuerdos, entremezclados, de forma alocada y un tanto confusa, como si alguno de ellos temiese no tener cabida en mi mente, y contradictoriamente, por otra parte, ¡llegan con tal nitidez!, que hasta los más mínimos detalles surgen, uno tras otro, como extraídos de una cámara fotográfica. Recuerdos de tiempos lejanos; tiempos difíciles y, a la vez -consecuencia de la edad-, alegres e inolvidables.

      De mi niñez, una imagen -una en concreto- se yergue sobre cualquier otra que trate de abrirse camino en mi cerebro: las carreras, por la vía, hacia el hospitalillo de Villager, cada vez que allí llevaban un minero herido de gravedad –un cuerpo tendido sobre una camilla, transportada, casi siempre, por dos mineros, era la señal de alarma-, para, con el corazón en la garganta, correr alocadamente a cerciorarme que no era mi padre, o algún otro pariente quien reposaba sobre aquella lona atada a dos palos. Después, cuando el nudo de la garganta dejaba de oprimir, tras haber constatado que el herido no era ninguno de ellos, contemplaba, sin asombro alguno –estaba habituado a esa escena-, cómo el herido, era, literalmente, cargado en un camión de la Empresa, y acostado sobre la misma camilla -la utilizada para traerlo desde la mina al hospitalillo-, incorporando, a lo sumo, una improvisada almohada, hecha con la chaqueta de un compañero y, por todo acompañamiento sanitario, un par de mineros, aún con los rostros cubiertos por el polvo del carbón. Con ese improvisado equipo sanitario, el camión, cuyo cometido cotidiano, era el transporte de material para las minas, se convertía en improvisada ambulancia y, de esta guisa, emprendía su tortuoso viaje camino hacia un hospital de Ponferrada.

      Diferentes son los recuerdos, que de mi adolescencia, el día de Santa Bárbara trae a mi mente. ¿He dicho adolescencia? Tal vocablo, en este caso, lo considero inapropiado. En aquellos tiempos, esa palabra, para las familia mineras, aún no había sido incorporada al diccionario. Sencillamente, no existía la adolescencia para los varones. Pasábamos de niños a hombres por obra y gracia de la acuciante necesidad económica. Con trece o catorce años, a lo sumo –el que ello no fuese legal, no era, en absoluto, un obstáculo-, pasábamos, primero como pinches en el exterior, y poco después como rampleros, a engrosar la plantilla de La Empresa; merced a lo cual, yo pude participar desde muy joven –casi un niño- en el ágape que La Empresa daba, como algo muy especial, el día de Santa Bárbara, y que en los primeros años, la sala de fiestas Anaical de Villablino, oficiaba como recinto del evento. Para mí, el simple hecho de comer un trozo de empanada y beber un vaso de vino con gaseosa en compañía de auténticos mineros (Picadores, entibadores, barrenistas, etc) significaba, algo así, como tomar la alternativa. Creo que, en cierto modo, hasta incluso me sentía como un héroe de novela.

      El paso de los años se encargó de mostrarme la cruda realidad de la mina; cruda realidad, que con letras de sangre, escribía día a día, en la piel de los mineros, como si quisiera recordarnos, que la vida de la mina, nada tiene, ni de épica, ni de romántica, y, que solamente, hombres forjados en las más duras condiciones, son capaces de subir esa senda. Hoy, cuando se acerca el día de Santa Bárbara, no puedo evitar que mi mente se pueble de imágenes de mineros muertos; algunos, aplastados por un costero; otros, como los diez del pozo María, cuyos cuerpos quedaron destrozados, un mal día, de un mes de Octubre cualquiera, en que, como escribió José León Destal: “El grisú vino al tajo hambriento de carne viva”; otros, los más, dejaron este mundo después de haber consagrado toda una vida de trabajo y sacrificio, a la mina, en pro de la familia, como única posibilidad de subsistencia.

      A esos mineros, a los que, en la proximidad de Santa Bárbara, con tanta intensidad y afecto, recuerdo, a ellos, a todos ellos, quiero rendir este sencillo -pero henchido de sentimiento-homenaje, pues ellos, sólo ellos, son los verdaderos héroes ¡Héroes de la oscuridad y del silencio!.

      Piorno

MÁS RELATOS.



















ATARDECER EN VILLAGER.

      Sentado sobre el poyo de mi casa –banco de piedra labrada- cercano a las portonas del corral, y por todo respaldo la gruesa pared del edificio, en las tardes de verano, cuando ya los últimos rayos de sol parecen querer resistirse a desaparecer tras la Pinietsa, siento con agrado el refrescar del crepúsculo del día, especialmente, si la Collada deja volar su suave brisa que, además de su agradable alivio, a su paso por el huerto de la casa, recoge y nos trae envuelto en su frescura, un delicioso olor a lilas que embarga los sentidos.

      Hoy, como viene sucediendo en los últimos tiempos, únicamente yo me encuentro sentado sobre esta labrada piedra. A mis pies, tumbado y con la cabeza debajo del poyo, como si quisiera protegerse del sol, que ya se ha ido, dormita Pipo.

      En otros tiempos, en esta época y a estas horas, este poyo era testigo de animados calechos. Diariamente, casi con la precisión de un reloj suizo, llegaba, después de haber echado su partida de dominó en El Recreo, Joaquín –para algunos, Joaquín el listero, para los mas, Joaquín el de Erundina-. Como cada día, llegaba con su apagada faria en la boca, nos saludaba amable y educadamente –Hombre cultivado y de fina educación; maestro de profesión, aunque no ejerciese-, y con su clásico: “con permiso” se sentaba a nuestro lado. Digo bien, a nuestro lado, porque los primeros en tomar asiento, todas las tardes, éramos Manolo Josefón y servidor. Como todas las tardes, Manolo le preguntaba:

      - ¿Qué, Joaquín, quién ganó hoy la partida?

      Joaquín, quitaba la colilla de faria de la boca –había intentado encenderla un par de veces, desde que se había sentado-, sonreía con picardía y, también como siempre, respondía:

      - El chigrero. Ahí el único que gana es el chigrero –decía, ampliando la sonrisa-.

      No era Joaquín hombre de mucho hablar, mas bien, le gustaba escuchar. Aun cuando la conversación derivase hacia el fútbol. Gran entendido de todos los deportes, en general, y del fútbol en particular. –Seguidor del Barcelona, pero sin alcanzar el grado forofo, no, en absoluto-. Ni siquiera en esos temas hablaba mas de lo conveniente. Sus frases eran colocadas con matemática precisión en el tiempo y lugar adecuado, y si alguien, en temas de fútbol, trataba de provocarle, se sonreía y daba un par de caladas a su inseparable faria, pero jamás entraba al trapo. Le gustaba que Manolo y yo hablásemos del ganado, de cuantos carros de hierba habíamos recogido, de cómo se habían comportado los segadores, etc. Al cabo de un rato, echaba un vistazo a su reloj de bolsillo, cogía la colilla de su faria, la miraba como si dudase que hacer con ella y, después de decidirse a tirar lo poco que de ella quedaba, se levantaba y nos decía:

      -Ha sido un placer charlar con vosotros, aquí se está muy a gusto, pero hay que ir a cenar, escuchar un poco el parte, y a la cama.

      Otro de los que igualmente, una vez terminada la partida en casa de Armando –en su caso no era dominó, sino tute, o mus-, de camino a casa, se sentaba un rato a charlar con nosotros, era Luis el del Síndico. Con él, que también era de profesión brañeiro, la conversación versaba casi siempre sobre temas profesionales. Gran entendido en temas de labranza y gran trabajador. Si alguna vez, que desde luego no era frecuente, Manolo o él, sacaban a la palestra el tema fútbol –Manolo del Madrid y Luis del Barcelona-, yo recordaba, de pronto, que tenía que curar la pata de una vaca que se había herido con un piedra en el monte, para quitarme de en medio, porque saltaban chispas.

      Otro, gran amigo y mejor persona, que ya nos ha dejado, y que, aun sin ser camino hacia su casa, gustaba de acercarse a charlar unos minutos con nosotros, era Eliseo el del Garfiecho. También de profesión vaqueiro. Eliseo era de esas personas que transmiten placidez y sosiego a su entorno. A su lado no había penas ni aflicciones. Solía jugar la partida con Paquito el de Olina, y al terminar, muchos días se acercaban juntos a sentarse con nosotros. Paquito, ¡Que excelente y extraordinaria persona!. Parecían almas gemelas. A pesar que en la partida de cartas, aunque sólo se dirima la honrilla -no digamos ya un café-, suele haber continúas discusiones, nadie habrá visto jamás discutir a ninguno de los dos, ni jugando de compañeros, ni de contrarios. Paquito, sorna celta tenía para dar y tomar, pero su carácter, al igual que el de Eliseo, era de los que provocan envidia sana. Dos buenos hombres y, yo que tuve la suerte de ser su amigo y conocerles bien, puedo decir: dos grandes hombres que, lamentablemente, ya nos han dejado. ¡Cómo echo de menos aquellos calechos!. Hoy, la gente tiene otras aficiones y otras prisas, ¡lástima!. El poyo sigue estando en el mismo sitio y yo también, pero ya nadie se para. ¿He dicho pararse? La mayoría ni siquiera saludan al pasar. Diría que ven poco y, gracias a esos modernos artilugios que se ponen en los oídos, o a los teléfonos móviles –continuamente y por doquier hablando-, oyen menos aun. Tienen prisa en llegar para desconectar los auriculares y conectar la televisión, o tal vez la Play Station. Para colmo de males, Manolo, desde aquella tarde en que le fue notificada la muerte de Hermelinda, se aísla más y más, y desde entonces tampoco viene a sentarse unos minutos, al fresco. He intentado animarle y convencerle de que, a pesar de las vicisitudes, es necesario seguir, pero, debo reconocerlo, mi poder de convicción no vale gran cosa. Por lo que me contó, está pensando en vender el ganado. Es una lástima, pero como él dice: “Algún día, por voluntad o por fuerza, tendré que dejarlo. No tengo a nadie que pueda continuar con el ganado. Mejor arreglarlo en vida, porque después, ya no hay arreglo”. Triste reconocerlo, pero cierto.

      Cuando cae la noche y el firmamento se llena de estrellas, dirijo hacia ellas la vista y busco una, una en particular, mi estrella. -Creo que debo una explicación, pues de otro modo, alguien podría pensar que me paso con el orujo-.

      Hace ya unos cuantos años -no sabría con exactitud, cuantos-, conocí un malasio, en Samarinda –puerto de Borneo- llamado Kammamuri que, según él, era descendiente por parte materna, de la tribu indígena de los Dayaks. Los caza cabezas tatuados de Borneo. Yo le decía que sus rasgos no eran de los dayaks, precisamente, a lo que él me respondía que, físicamente, había salido a su padre. -¡Por qué no habría de creerle!. Una noche del mes de julio, con una agradable temperatura –en torno a 25º-, mientras paseábamos por el Boulevard JL Gajah Madu –largo y ancho Boulevard que discurre paralelo a orillas del río Mahakam en la ciudad de Samarinda-, camino del Hotel MJ, donde ambos estábamos hospedados, dirigí la vista al cielo, y tuve la sensación de que todas las estrellas del firmamento se habían concentrado sobre Samarinda. Kammamuri, viendo mi ensimismamiento, me preguntó:

      - ¿Estás buscando tu estrella?

      - ¿Mi estrella? –respondí- Yo no tengo ninguna estrella, pero aunque la tuviese, ¿cómo podría reconocerla?. Quedó unos segundo en silencio. Parecía dudar entre cambiar de conversación, o seguir con el tema. Finalmente, se paró, se giró hacia mi –el Boulevard estaba bien iluminado- y parándose me dijo:

      - Mis parientes, los dayaks, creen que en el firmamento hay tantas estrellas, como seres humanos en el mundo, y creen también, que cada uno tenemos nuestra propia estrella, en la que habitan todos nuestros seres queridos –los que ya se han ido-, y en la que van depositándose todas nuestras penas, alegrías, amores y desamores; así como también, todas nuestras obras y actos –buenos y malos-. Dicen, que si la encontramos, ella nos guiará por el buen camino y nos protegerá, especialmente, de nosotros mismos, que al parecer, somos nuestro peor enemigo. Quien la encuentra, dicen los dayaks, tiene asegurada su felicidad.

      Al día siguiente, mientras cruzaba el río Mahakam, por el puente colgante, que en ese punto alcanza un kilómetro de anchura, recordaba la historia que Kammamuri me había contado, y no podía por menos que preguntarme, cómo él, hombre de negocios y muy preparado intelectualmente, podía creer en algo semejante.

      Sin embargo, de vuelta al hogar, y aunque yo no creyese en esas cosas, en las noches de verano, cuando me quedaba sólo, sentado en el poyo de casa, apoyada la espalda en la pared, no podía impedir que mi vista se dirigiera al cielo, tratando de encontrar mi estrella. Saber que no la encontraría, no era óbice para seguir intentándolo.

      Hace, relativamente poco tiempo, pensando –no sé por qué- en Kammamuri, recordé una parte de su relato en la que no había reparado. Cuando le pregunté cómo podría encontrarla, él, con gran solemnidad, me había dicho:

       -“Dirige tu vista hacia las estrellas, pero mira dentro de ti”-. Siguiendo su indicación, aunque con muchos años de retraso,¡lástima!, he encontrado mi estrella. Los dayaks no son, como yo pensaba, unos pobres locos. Ahora me resulta muy fácil encontrarla y, lo mejor de todo es que, aunque el cielo esté nublado, ella sigue estando ahí.

      Piorno



















LA ROSA.

      LA ROSA

      En la escarpada cresta de una muy alta montaña, tan alta que superaba el nivel de las nubes, había una lúgubre y maloliente cueva en la que habitaba un despiadado y horripilante monstruo. Un día de primavera, cansado de asomarse a la puerta de su cueva y no ver otra cosa que nubes, decidió a echarse monte abajo, con el propósito de otear otros horizontes.

      Apenas si había dado unos pasos fuera de la cueva, cuando recordó las palabras que su padre –aunque suene raro, también los monstruos tienen padre- antes de morir y, al punto de transferirle sus poderes, le había dicho: “Recuerda que con los poderes que de mí heredas, dominarás estos tres elementos de la naturaleza : el viento, la lluvia y el fuego; pero... ¡Ay de ti, si osaras abandonar la montaña! Si en intento tal, con los humanos llegaras a intimar, perderías para siempre los poderes que ahora te transfiero”.

      ¿Por qué habría de mezclarme con los humanos? –pensó mientras seguía caminando.

      El camino descendía entre tan peladas y puntiagudas rocas, que nadie, aparte del monstruo, sería capaz de recorrer. Había dejado atrás las nubes; había caminado durante varias horas y, cuando empezaba a desesperar de que hubiera en el mundo otra cosa que no fueran rocas, hete aquí que, de pronto, algo apareció ante su vista, que elevó al máximo su perplejidad: de entre las grietas de una roca, cual fina columna de humo que quisiera alcanzar las nubes, se elevaba un tallo de rosal y, en lo más alto del tallo, una lozana y hermosa rosa mostraba orgullosa sus brillantes pétalos color carmín, los que, al compás de una suave brisa, contoneaba con femenina coquetería. Cuando el monstruo, después de salir de su asombro, fue capaz de reaccionar, sonriendo con maligna satisfacción, dijo a la rosa:

      - Eres tan hermosa, que estoy pensando en llevarte conmigo a mi cueva. Tu presencia alegraría mi casa.

      - No, por favor –dijo la rosa-, no me cortes de mi tallo. Si lo haces , moriré.

      - No te preocupes por eso -dijo el monstruo-. Yo tengo grandes poderes y puedo hacer todo cuanto me apetezca.

      Haciendo caso omiso de la angustia, que el miedo a ser arrancada, embargaba a la rosa, echó el monstruo mano al tallo, naturalmente,con ánimo de arrancarlo y, claro... sucedió algo que él ignoraba, que no hay rosa sin espinas. Al pincharse en un dedo, cual fiera herida, soltó un alarido y retiró la mano del tallo.

      - Soy más fuerte que tú –gritaba-. Mañana me pondré unos guantes y volveré y, tanto si te gusta, como si no, te llevaré a mi cueva.

      Cuando el ogro se fue, rompió en sollozos la rosa. Mañana volverá y me arrancará de mi tallo –se decía-. Mis amigas las abejas ya no podrán libar mi néctar. Lloraba desconsoladamente, cuando, de pronto, una luz, cuajada de polvo de estrellas, deslumbró sus llorosos ojos y, al apagarse la luz, ante ella apareció sonriente un hada buena.

      - No sigas derramando tus lágrimas –dijo el hada-, las necesitas para regar tus raíces y mantenerte tan tersa y hermosa como lo eres ahora. No temas, yo te protegeré del ogro. Voy a envolverte en una cápsula invisible e impermeable a todos los elementos, excepto al aire, al rocío y a tus amigas las abejas. Haciendo un leve movimiento con una varita que llevaba en la mano, al extremo de la cual, una estrella brillaba con fuerza, se obró el milagro, construyéndose la cápsula, tal y como había dicho.

      Al día siguiente, el ogro, con intención de cumplir sus amenazas, se echó monte abajo hasta llegar a la roca donde vivía la rosa. Con las manos enfundadas en gruesos guantes, hechos de barro, se fue corriendo hacia la rosa. El trompazo que se dio contra la invisible cápsula creada por el hada, fue tan descomunal, que salió rebotado hacia atrás, cayendo de espaldas, medio inconsciente. Cuando se le fue el mareo, tendido en el suelo, no daba crédito a lo acontecido. Una rabia feroz le invadía. Se levantó y, tomando ciertas precauciones, avanzó hacia la rosa con el brazo extendido hacia delante. Cuando sintió el contacto de la cápsula, alzó el brazo y descargó un tremendo golpe sobre ella, pero todo cuanto consiguió fue destrozarse la mano. Entonces recordó sus poderes: ordenó al viento que soplara con fuerza, pero, nada... aquel huracán no consiguió sino hacerle rodar a él por el suelo. Ordenó, a continuación, que las nubes descargaran lluvia torrencial sobre la cápsula, pero, nada... lo único que en esta ocasión consiguió, fue que él cogiera una soberana mojadura. Esto no puede seguir así –se dijo- ahora verá esa rosa quién soy yo. Alzando los brazos al cielo ordenó al fuego que devastara el refugio de la rosa, pero, nada... todo cuanto consiguió fue chamuscarse las pestañas. ¡Algún día tendrás que salir de tu refugio y, entonces...! –gritaba ciego de ira.

      Pasaban los días sin que el ogro diera señales de vida. Sin duda, el fracaso había frenado sus malas intenciones. La rosa, entre tanto, en su invisible cápsula, vivía tranquila y feliz. Cierto que el hada había olvidado permitir que en la cápsula pudieran entrar los ruidos, los olores, el canto de los pájaros y el murmullo del viento. El consuelo del rocío y la tranquilidad de sentirse protegida, en un primer tiempo, eran suficientes para sentirse feliz, pero... con el trascurrir de los días y las semanas, el rocío no llegaba tan puntual, ni tampoco, en cantidad suficiente para saciar su sed. Poco a poco, la belleza de sus pétalos perdía su tersura y, el brillo de otrora, se iba extinguiendo, mientras ella, en todo su ser, languidecía. Estaba triste y deprimida. Aquello que antes consideraba un refugio seguro, ahora lo veía como una jaula, como una cárcel. No puedo seguir viviendo así –se dijo-. Preferiría enfrentarme al ogro.

      Aún resonaba en sus oídos la última sílaba de sus pensamientos, cuando el hada, como en la anterior visita, se presentó ante ella. Mostrando su deliciosa y mágica sonrisa, dijo a la rosa:

      - Ahora ya conoces el mundo en sus dos vertientes principales: la de la libertad con sus peligros y sus miedos; con sus zozobras y sus alegrías. Sabiendo que, en cualquier momento, pueden arrancarte de tu tallo, pero que, mientras eso sucede, si es que llega a suceder, puedes respirar libertad y ser dueña de tus decisiones. La otra vertiente, es menos complicada; es la de vivir muriendo. Y, ahora, dime –continuó el hada- ¿Cuál de las dos prefieres?

      La rosa, que mientras el hada hablaba, había recuperado, en buena parte, la tersura y el brillo de sus hojas, en un rasgo de valentía, dijo:

      - Déjame vivir mi vida.

       Piorno

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EN OTOÑO






En Otoño.

      Los viajes en otoño formaban parte de nuestra peculiar forma de vivir en estos últimos años, donde la fogosidad y pasión de la juventud se había transformado en la tranquilidad y color, semejante a los bosques en esa estación del año.

      Viajábamos solos, disfrutando de la presencia mutua, sin apenas hablar, temiendo que en cualquier momento se rompiera el hechizo de nuestras ilusiones.

      Ella marcaba las rutas y yo me dejaba llevar consciente de sus buenos criterios y su intuición femenina. Nunca la vi desilusionada, encontraba motivos suficientes para un comentario agradable o una sonrisa de complicidad, no había forma de romper sus ilusiones cuando viajábamos por los pueblos y parajes mas originales de la geografía española, y es que, tampoco he conocido quien amara mas a España, sin ser española.

      Su esbelta figura y su enorme fondo físico, la hacían incansable, y siempre era yo quien tenia que pedir sosiego cuando hacíamos excursiones de montaña, incluso los guías le pedía rebajar el tiempo de marcha.

      Si, en el otoño, nos gustaba perdernos por parajes de bosques centenarios, y escuchar solamente el tenue ruido del nuestras pisadas al contacto de las hojas caídas; nuestras manos fuertemente cogidas, trasmitían en un sentido y en el inverso, las palpitaciones de dos corazones, distribuyendo sensaciones acumuladas, en el transcurso de toda una vida.

      El otoño, ¡que hermoso es el otoño! …pero con ella.

Nano35.

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MENSAJE REBELDE DE PIORNO




      Querido Administrador,

      Puede que Manolo Josefón no se haya expresado con suficiente claridad; puede que yo –es bastante más probable- no haya interpretado correctamente sus palabras e intenciones, que no siempre son fáciles de interpretar; quizá su susceptibilidad, como usted mismo dice, esté algo alta; puede que de todo un poco; ahora bien, me inclino a pensar que algún malentendido haya podido intercalarse. Vayamos por partes:

      En primer lugar, y para centrar la cuestión, creo necesario aclarar, que en nada se parece Manolo Josefón a Sancho Panza. Manolo es alto, delgado, de rostro enjuto, que para quien no lo conoce, a primer golpe de vista, da la impresión de padecer del estómago o estar siempre de mal humor –ambas cosas inciertas-. Eso en cuanto al aspecto físico; intelectualmente, a mi entender, tampoco les une parecido alguno y, lo más importante: Sancho Panza solamente existió en la pluma de Cervantes; en cambio, Manolo Josefón es de carne y hueso; bueno, más hueso que carne, para ser exactos.

      Centrándonos en la reflexión, digo que puede haber algún malentendido, porque lo que realmente pretendía Manolo –yo así lo interpreto- era echarme a mí la bronca por ciertos comentarios que yo había hecho, y que, a su juicio, no eran procedentes. Él, con su manera de ver las cosas, cree que, probablemente, todos aquellos que, como usted bien dice, en otros tiempos, ya algo lejanos, escribían con asiduidad en este foro, y que ahora no aparecen, quizá no lo hagan porque –en eso ni le doy ni le quito la razón- los temas que actualmente aparecen, no les resulten interesantes. No creo que él –y, desde luego yo, créame, que ni por lo más remoto- pretendiera amordazar a nadie, en absoluto. Se limitaba Manolo, según me dijo, a dar una idea con el fin de motivar a los retraídos; en todo caso, a mí si que me la dio, y me sirvió para intentar ayudar, emocionalmente, a una persona muy querida y que, me consta, está viviendo un mal momento; otra cosa, naturalmente, es que esa persona lo haya leído y, si lo hizo, que le haya servido de algo. Por otra parte, las políticas y normas del foro, las determina el administrador; es decir, usted.

      Aclarado ese punto –espero-, permítame decirle que, soy el primero en reconocer la gran labor que ha hecho usted al crear esta web. No es la primera vez que le reconozco su encomiable esfuerzo y paciencia con todos nosotros y, muy especialmente, conmigo. Yo, personalmente, le estaré siempre agradecido por la herramienta que, gratuitamente, ha puesto a nuestra disposición y que, al menos a mí, me ha servido para conocer algunas personas encantadoras, y reencontrarme con otras a las que tenía casi olvidadas. Lo digo con sinceridad: jamás le agradeceremos bastante, la gran dedicación prestada a esta formidable página.

      Nadie creo que dude, que la web –al margen del foro- está muy bien hecha, y que, la contemplación de sus diversas facetas resulta de gran interés; tanto en el ámbito de la distracción, como en el didáctico. Y, respecto al foro –esta opinión es mía-, creo que nada o muy poco tiene que ver con el blog de Río Sil o con cualquier otro de los que diariamente denuncian cuanto estiman oportuno (con ello no resto un ápice de importancia al esfuerzo, interés y dedicación que Río Sil, de forma altruista, dedica a los problemas de Villablino, en su blog). El foro de esta página –yo al menos así lo interpreté desde el inicio- era un instrumento para intercambiar ideas, comentarios, anécdotas, encuentros, historias -más o menos verosímiles-, incluso chismes graciosos. Ahora bien, el administrador es usted y, por consiguiente, si usted decide que este foro puede servir también como medio para denunciar ciertas tropelías y, con ello, para entablar discusiones políticas... suyo es, y, por descontado, está en su perfecto derecho... A este respecto, hay un punto de los expuestos por Manolo Josefón, con el que estoy totalmente de acuerdo: los programas de mayor audiencia son aquellos en los que sus contenidos rayan el esperpento, aunque, en mi opinión –no creo que sea el único que piensa de esta forma-, carezcan del mínimo interés y de nulo valor. Sabido es, sin embargo, que cada publicación tiene sus adeptos y, lógicamente, sus detractores. Pero, repito, las normas las pone usted, y no los que escribimos o leemos.

      Coincido con usted, que en este foro, el hecho de que Rosa –ciertamente, su alma máter- esté ausente de él, tiene mucho que ver con la carencia de participación. Hago votos por su total restablecimiento y porque regrese pronto con sus inteligentes y entretenidos comentarios.

      Para terminar, me pide Manolo que le trasmita sus excusas por todo aquello en lo que haya podido ofenderle. Yo, en esta ocasión, hago mías, también, sus sinceras palabras de disculpa.

      Piorno

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